El rugido del motor se volvió un grito desesperado.El vehículo salió del estacionamiento como si estuviera huyendo del mismo infierno, rebotando contra los límites del control mientras el conductor forzaba cada cambio, cada giro, cada decisión. Detrás de ellos, los disparos no cesaban; eran como un eco constante que se negaba a morir. El vidrio trasero ya no era más que una telaraña agrietada, y cada impacto nuevo lo acercaba más al colapso definitivo. — ¡Nos están alcanzando! — gritó Santiago, girándose en su asiento, con la respiración descompuesta.Michael no respondió de inmediato. Sus ojos estaban clavados en la vía, calculando distancias, trayectorias, probabilidades. Su mente iba más rápido que el auto, más rápido que el peligro. — Si nos alcanzan es porque cometimos un error — dijo finalmente, seco, sin perder el ritmo — . Y no pienso cometer otro.Otra bala atravesó el vidrio.El conductor perdió el control por una fracción de segundo cuando una llanta explotó.Y esa fra
Ler mais