—Dios, qué rico, qué rico, Ares.Los gemidos se deslizaron por la habitación de arte. La fricción ya la tenía rozándose en un miembro duro que esperaba por ese primer orgasmo para hundirse en ella, quien se agarró más fuerte de ese cuello.—Ares…—Sigue, sigue, mi amor, sigue. Mueve esas caderas para mí, déjame bañado de ti. Quiero sentir cómo te corres con mi polla, déjame verte gloriosa llegando al orgasmo. Sigue, mi amor… —se acercó a su boca entreabierta—. Me tienes perdido, perdido por tu belleza, por tu nobleza, por lo que eres, Melissa. Nunca imaginé enamorarme, pero lo hice, ¿y cómo no hacerlo? Cuando eres un ruego cumplido, cuando eres lo que mi vida necesitaba, la luz que ha iluminado rincones oscurecidos de mi alma —ella apretó los ojos, acelerando su ritmo—. Eres hermosa, eres fuerte, dulce, buena. Eres mi amor, mi niña buena, y siempre, siempre, siempre voy a cuidar de ti.La lengua se deslizó por su cuello, acercándose, candente, a su oreja.—Dios, Dios, Dios…—Eso es, m
Leer más