—¿Cambié mucho la posición?
—Un poco… —respondió ella.
Sobre su hombro, buscó la puerta cerrada, y por lo mismo fue más segura llegando hacia él. Ares se acomodó ante sus ojos, sentado por completo, para sonreír cuando lo primero que ella hizo fue hundir sus dedos en su cabello; el roce, tan perfecto y profundo, lo llevó a cerrar los ojos, pero mantuvo sus manos sobre su regazo, respetando la pausa que ella había impuesto.
—¿Quieres que luzca rebelde? —preguntó él.
Ella lo miró a los ojos y, si