—Dios, qué rico, qué rico, Ares.
Los gemidos se deslizaron por la habitación de arte. La fricción ya la tenía rozándose en un miembro duro que esperaba por ese primer orgasmo para hundirse en ella, quien se agarró más fuerte de ese cuello.
—Ares…
—Sigue, sigue, mi amor, sigue. Mueve esas caderas para mí, déjame bañado de ti. Quiero sentir cómo te corres con mi polla, déjame verte gloriosa llegando al orgasmo. Sigue, mi amor… —se acercó a su boca entreabierta—. Me tienes perdido, perdido por tu