—En primer lugar, mi esposa no me pide permiso para gastar su dinero —le señaló con gravedad—. Mi esposa gasta, compra, pide y se consigue todo lo que desea. Lo mira, lo quiere, lo consigue, porque en su mente no puede haber una sola duda de si se lo merece. Porque yo, su hombre, el que ha trabajado tanto tiempo para darle esa libertad económica y financiera, sabe que si lo hace, es porque se lo merece. ¿Entendido?—Entendido.Él lamió sus labios, apenas acercándose a la boca femenina, que ya se había abierto un poco esperando ese apasionado beso.—Qué buena niña —susurró, logrando que su delicada esposa en sus brazos se estremeciera—. Mi buena niña.Melissa terminó jadeando cuando él se abrió espacio en su boca. Las puntillas en ella fueron inmediatas, y esas manos libres, como nunca Ares se hubiera permitido, navegaron de su pecho hasta tomarlo de la nuca, apretándose aún más a él para profundizarse. Lo llevó a gruñir, rabiar fascinado, cuando ella le deslizó la lengua por la suya,
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