Miró con agudeza el reloj en su muñeca. Su esposa llevaba ya diez minutos de retraso respecto a la hora que había señalado, no solo a ella en un mensaje, sino también a su asistente, para estar en el restaurante donde él, hacía quince minutos, había llegado y había tenido que esperar en la barra. Allí fue interceptado por uno de esos empresarios que se creen dioses del mundo por los millones que manejan y, por supuesto, no perdió el tiempo en hacerle una propuesta de un nuevo negocio a ese Ares