—En la habitación dorada te enseñaré qué tan ridículo, arcaico y peligroso soy —amenazó con seguridad, pero ella le buscó la mirada.
—Okay.
La delicada respuesta llevó a Ares a pasar saliva. Las miradas se retaron, pero fue él quien se movió a esa órbita, acercando su mano enguantada a esa mejilla ruborizada y hermosa, que rozó con delicadeza.
—Te ves hermosa.
—Gracias. Me atrasé un poco en el salón de belleza porque quería que me maquillaran, y me hice las uñas —le mostró sus manos, que Ares t