El notario llegó tarde.Cuarenta minutos tarde, que en la gramática de hombres como Édouard Fortier no era un retraso sino un síntoma: algo, entre su despacho y la villa, había requerido una corrección de último minuto. Beatrice lo recibió con la serenidad impecable de quien ya ha reorganizado una contrariedad menor y no piensa concederle entidad nombrándola. Precisamente por eso, Adriana entendió que la contrariedad importaba.Bajó cuando se lo pidieron.El salón de la primera planta estaba dispuesto con la precisión doméstica de Beatrice: flores bajas, luz lateral cálida, el punto exacto de intimidad diseñado para que el cuerpo confundiera administración con cuidado. Tomás esperaba junto a la chimenea que nunca encendían. Fortier ocupaba la mesa de escritura. Y junto a la ventana, en una silla discreta pero no secundaria, había una mujer que Adriana no había visto antes: la clase de presencia cuya única función consistía en existir, mirar y, llegado el caso, dar fe.Beatrice cerró la
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