Llegaron a La Rousse cuando el barrio todavía olía a mediodía.No era la hora elegante para moverse por Mónaco.Por eso estaban allí.Damián había calculado que la ventana entre el cambio de guardia del edificio y la ronda siguiente de seguridad privada era exactamente ese intervalo incómodo en el que la ciudad parecía bajar un grado la atención sin relajarse nunca del todo: demasiado tarde para el flujo de la mañana, demasiado temprano para el de la tarde. En Mónaco, los márgenes siempre tenían nombre, duración y precio.Este se llamaba cuarenta minutos.Franco caminaba delante. El brazo derecho ligeramente separado del cuerpo, el vendaje escondido bajo la manga oscura de la camisa. Adriana lo había visto ajustársela antes de salir del refugio, con esa economía de movimientos que en él nunca era descuido: era orgullo. O algo más áspero. La forma de admitir un costo sin concederle espectáculo.La Rousse, desde la calle, era exactamente lo que prometía: dinero nuevo montado sobre una es
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