Franco la esperaba en el pabellón, de pie junto a la mesa donde los planos del depósito de Mareterra seguían extendidos. Tenía los brazos cruzados y la postura de alguien que llevaba demasiado tiempo en el mismo lugar, calculando cuándo iba a empezar una conversación que todavía no sabía cómo ordenar. No parecía cansado, al menos no de una forma evidente, pero Adriana ya había aprendido que Franco mostraba el agotamiento como mostraba casi todo: reduciéndolo a líneas mínimas, a una tensión más marcada en la mandíbula, a una quietud demasiado precisa. Ella entró, dejó el bolso y el sobre de Damián sobre una silla, y se quedó de pie también. El pabellón olía a las últimas horas de trabajo: café frío, papel reciente, madera cerrada y la concentración acumulada de Damián en el nivel técnico. Pero Damián no estaba allí. Eso significaba que Franco había pedido quedarse solo. Y si Franco había pedido quedarse solo, lo que iba a ocurrir en esa habitación no necesitaba testigos. Aquello no
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