Salieron a las seis y diez.No en coche oficial, no por la salida de servicio que Adriana había usado en la fuga de prueba, sino por un recorrido más largo y más humillante precisamente porque era mejor: dos calles a pie por el costado de Fontvieille, una furgoneta gris sin marca, y luego la subida medida hacia Monaco-Ville desde un punto donde no parecían llegar, sino simplemente pertenecer al flujo de gente que siempre parecía saber adónde iba.Damián condujo los primeros minutos. No habló. Franco iba delante. Adriana atrás, con un pañuelo oscuro en el cuello y unas gafas demasiado comunes para una mujer a la que habían vestido siempre para ser reconocida. El disfraz no buscaba volverla invisible —Mónaco no permitía ese lujo—, sino hacer que, si alguien la veía, dudara medio segundo antes de nombrarla.En esa ciudad, medio segundo ya era un margen táctico.—No mire directamente el Palacio cuando bajemos —dijo Franco, sin girarse—. La gente nueva mira demasiado arriba.—Yo no soy nuev
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