El Bar Grimaldi abría a las nueve de la mañana con la eficiencia discreta de los locales del puerto viejo que llevaban suficiente tiempo abiertos como para saber que algunos clientes preferían no ser recordados.Sanna llegó antes que ellos.Estaba en la terraza exterior, en la mesa del ángulo, con un café negro intacto frente a él y sin teléfono visible sobre la mesa. Era un hombre de unos cincuenta y cinco años, con el tipo de presencia que no dejaba una marca clara en ninguna ciudad: traje correcto, cabello gris en las sienes, rostro de alguien acostumbrado a atravesar fronteras sin que nadie pudiera decir después si parecía más italiano, francés o monegasco. La cara, sin embargo, lo delataba más que la ropa. Tenía el cansancio de quienes han sostenido demasiadas versiones de sí mismos durante demasiado tiempo.Adriana lo observó antes de sentarse.Franco estaba a su lado.No detrás de ella, no ocupando el frente de la escena, sino en ese lugar exacto que en los últimos días había e
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