El pabellón llevaba cuatro horas sin operaciones cuando Adriana entendió que podía irse.
No porque hubiera terminado de decidir quedarse. Porque la decisión llevaba días tomada y solo ahora, con el silencio real del edificio y Franco en la cocina preparando café con la concentración que ponía en todo, con la guerra retrocedida lo suficiente para dejar visible lo que había debajo, podía reconocerla sin el ruido de la urgencia encima.
Se quedaba.
No porque la guerra no hubiera terminado. Porque la