La noche antes de que Franco se fuera, Adriana no durmió.No fue una decisión consciente, sino una respuesta del cuerpo ante la certeza de que algo estaba a punto de cambiar de forma. Había noches que no se atravesaban dormida. Había noches que exigían permanecer despierta, como si el cuerpo necesitara registrar cada segundo antes de que la vida se partiera en un antes y un después.Se quedó en el ala privada hasta pasada la medianoche. Leyó dos veces los correos de Mara, revisó la estructura del fideicomiso que había quedado intacta después del bloqueo y volvió sobre la retirada de Beatrice, buscando el ángulo que todavía no conseguía ver. Hizo todo lo que podía hacerse desde una cama, con el portátil sobre las piernas y la mente demasiado activa para obedecer al silencio.A las dos y cuarenta, bajó.Franco estaba en la sala de trabajo, con la lámpara de la mesa encendida y los mapas de Génova desplegados. Tenía la chaqueta colgada en el respaldo de la silla y las mangas remangadas c
Leer más