El Bar Grimaldi abría a las nueve de la mañana con la eficiencia discreta de los locales del puerto viejo que llevaban suficiente tiempo abiertos como para saber que algunos clientes preferían no ser recordados.
Sanna llegó antes que ellos.
Estaba en la terraza exterior, en la mesa del ángulo, con un café negro intacto frente a él y sin teléfono visible sobre la mesa. Era un hombre de unos cincuenta y cinco años, con el tipo de presencia que no dejaba una marca clara en ninguna ciudad: traje co