El vehículo llegó al callejón de vigilancia a las siete y cuarenta y siete.
Sanna ya estaba dentro del despacho de Beatrice.
Damián conectó el sistema de audio desde el portátil del asiento delantero. La señal era limpia. La reunión había comenzado sin el protocolo de una cita formal: sin recepcionista, sin sala de espera, sin esos minutos de margen que los hombres como Sanna usaban para demostrar que el tiempo también podía ser una forma de poder.
Había llegado cuarenta y cinco minutos antes.