La notificación de Damián llegó a las cinco y cuarenta y siete.
Adriana estaba despierta. No porque hubiera dormido mal, sino porque a las cuatro y media había entendido que dormir era algo que haría después de las ocho. Hasta entonces, el tiempo pertenecía a otro tipo de vigilia.
El mensaje de Damián tenía tres palabras:
Llegó. Entra ahora.
Adriana no se movió de la silla.
Se quedó frente a las pantallas, con la vigilancia del despacho de Beatrice activa en una ventana, la documentación de San