La azotea del búnker de la Policía Nacional era una planicie de concreto azotada por el viento caliente que subía del Caribe. El ruido de las hélices del helicóptero de Vargas era ensordecedor, una presencia mecánica que proyectaba sombras gigantescas sobre Alessandra y Dante.En el extremo opuesto, Kenji Yue permanecía impasible, rodeado de sus mercenarios del Fénix Blanco. La lluvia tropical empezó a caer con una violencia repentina, convirtiendo el suelo en una superficie resbaladiza donde la sangre y el agua se mezclaban.—¡Alessandra, entrega el disco! —gritó Kenji, alzando la voz sobre el rugido del motor—. Vargas no te dejará salir viva de este edificio. Él no busca los datos; busca borrarte a ti. Conmigo, tienes una oportunidad de negociar tu supervivencia.Alessandra apretó el disco duro contra su pecho, sintiendo el frío del metal. Miró a Dante, quien estaba arrodillado tras un generador eléctrico, cubriendo ambos frentes con su última revista.—¡No le des nada! —rugió
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