El olor a gardenias y a pólvora se mezclaba en el aire estancado de la mansión de Long Island, creando un perfume embriagador que olía a muerte inminente. El Zar Sokolov, en su arrogancia infinita, estaba celebrando su supuesta victoria sobre el diablo de Grecia, ignorando que el infierno acababa de mudarse a su sótano. Nos habíamos filtrado a través de los viejos túneles de contrabando de Arthur, moviéndonos en la oscuridad como fantasmas sedientos de sangre. Mavros caminaba a mi lado, todavía un poco rígido por las heridas del naufragio, pero con la mirada de acero de quien ha regresado de entre los muertos para cobrar una deuda eterna.Pero esta noche, yo no era la sombra de Mavros. Esta noche, yo era la tormenta. Llevaba un traje táctico de seda negra que se adhería a mi cuerpo como una segunda piel, diseñado para el movimiento silencioso y la carnicería eficiente. Mis manos, ahora enguantadas en cuero negro, sostenían un par de dagas de cerámica que mi madre, Katarina Vatatzes, h
Ler mais