Elara, sintiendo un estallido de indignación mezclado con alivio, amagó con pegarle en el pecho, pero Dante atrapó su puño en el aire, atrayéndola de nuevo hacia su cuerpo. Ella, aprovechando la confianza recuperada, hizo un pequeño puchero, intentando fingir un enfado infantil, frunciendo el entrecejo con una expresión exagerada de agravio. —Fuiste muy cruel, Dante Vance. Me hiciste llorar, me hiciste sentir que nuestra vida era un error que debías corregir —dijo ella, estirando los labios en un puchero que rozaba lo cómico. Dante soltó una carcajada ronca, el sonido más bello que ella había escuchado en una eternidad. —Lo sé, lo sé... perdóname —dijo, acariciando con el pulgar la curva de sus labios—. Pero ponte en mi lugar. Me desperté un día en un hospital, con la cabeza hecha pedazos, y me dijeron que tenía una esposa que me exigía amor y dos niños que me llamaban "papá" cuando para mí eran perfectos desconocidos. Era una situación aterradora. Elara suavizó su expresión,
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