Dos semanas después
El bullicio de la terminal internacional del aeropuerto John F. Kennedy se desvanecía en un zumbido sordo para Elara. Frente a ella, las maletas listas y los billetes en la mano de Leo marcaban el final de una era. Rosa había insistido, con esa terquedad dulce y firme que la caracterizaba, en que era hora de regresar a su país natal. Quería volver a sus raíces, y ahora que su hijo Leo estaba asentado allá, no había fuerza en la Tierra que la hiciera cambiar de opinión.