Elara se llevó una mano a la espalda, sintiendo el peso de su vientre mientras caminaba por la cocina. Aquellos meses de espera, que al principio parecieron una eternidad, se habían esfumado en un suspiro, y aunque aún faltaban unos días para la fecha prevista, una punzada inusualmente fuerte la hizo detenerse en seco. El vaso que sostenía en la mano resbaló de sus palmas, y cayó al suelo, rompiendo la quietud de la tarde. Elara se apoyó con todas sus fuerzas en el borde de la encimera, conteniendo el aliento. Sintió un líquido caliente empaparle las piernas y el vestido, extendiéndose con rapidez por el piso. El bebé había decidido adelantarse. Una contracción intensa y desgarradora la obligó a doblarse por la mitad, cortándole la respiración por completo. En la sala, Dante estaba distraído con los niños cuando el estruendo del cristal rompiéndose lo puso en alerta. El sonido, inesperado y alarmante, lo hizo ponerse en pie de un salto. Dejando atrás a los pequeños, corrió hacia l
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