El motor del coche vibró con un ronroneo imperceptible cuando Dante hundió el pie en el acelerador. En el espejo retrovisor, la figura de Elara disminuyó en la acera. Caminaba con la espalda erguida, sujetando con firmeza las manos de los gemelos, sin girar la cabeza ni una sola vez hacia el vehículo oculto bajo la sombra del árbol. Dante mantuvo la vista fija en ese reflejo, con los ojos entrecerrados y la mandíbula tensa, hasta que el cuz de la avenida principal se interpuso y borró la escen