Eleonora contuvo el aliento, encogiéndose en la cama. Cerró los ojos con una agonía indescriptible, apretando los párpados mientras las lágrimas se perdían en sus sienes. En el fondo de su corazón de madre, en esos rincones oscuros que siempre había evitado mirar, ella siempre había intuido la naturaleza inestable, psicópata y manipuladora de su hijo menor. Pero el orgullo del apellido Vance había sido su religión. Ver a Dante allí, tan entero, tan impecable, confrontándola con las pruebas irrefutables de la podredumbre de Julián, terminó de demoler su fortaleza de mentiras. —Lo sé... ¡Dios mío, lo sé! —gimió Eleonora, cubriéndose el rostro con sus manos débiles, incapaz de sostenerle la mirada a su hijo—. Protegí tanto a Julián que me volví ciega.... Elara... por favor... te lo suplico... no me dejes morir con esta culpa devorándome el alma... Perdóname... Elara observó a la mujer que alguna vez fue la reina indiscutible de la alta sociedad , ahora reducida a una anciana rota q
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