La mansión Vance, en ausencia de Elara, se sentía como un mecanismo de relojería perfectamente aceitado, pero desprovisto de su pulso vital. Dante siempre había amado el silencio, la soledad que le permitía procesar sus movimientos financieros y sus estrategias de poder. Sin embargo, esta noche, el silencio le resultaba abrasivo. En la sala de estar, la televisión proyectaba una película animada sobre exploradores espaciales. Mateo estaba sentado en la alfombra, con la mandíbula caída mientras observaba una nave despegar, mientras que Amara, más pragmática, leía un libro de ilustraciones botánicas apoyada en el brazo del sofá, justo al lado de su padre. Había descubierto que era padre hacía apenas unos días, y cada minuto que pasaba con ellos le llenaba el corazón de una alegría inmensa que nunca creyó posible. Por primera vez en su vida, sentía que el tiempo finalmente tenía un propósito real. Ver a sus hijos allí, seguros y relajados, le producía una satisfacción primitiva y po
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