El amanecer llegó envuelto en una luz dorada que parecía distinta a cualquier otra. La ciudad despertaba lentamente mientras los primeros rayos del sol iluminaban los antiguos edificios de piedra y hacían brillar las calles todavía húmedas por el rocío de la madrugada. No era un día cualquiera. Después de todo cuanto habían vivido, después de las traiciones, las lágrimas, la desesperación, el secuestro, la sangre derramada y la larga batalla por la justicia, finalmente había llegado el día que ambos soñaban en silencio desde hacía muchos meses. Aquella vez no existían contratos, ni acuerdos, ni sacrificios impuestos por la enfermedad de una madre. Aquella mañana Sebastian Vegetti y Renata Mendoza iban a casarse por única razón que realmente importaba: porque se amaban con toda el alma. El destino, que tantas veces pareció empeñado en separarlos, finalmente parecía sonreírles mientras el cielo permanecía completamente despejado sobre una de las iglesias más majestuosas y admiradas del
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