Renata permanecía inmóvil al comienzo del largo pasillo central, tomada del brazo de su madre. Durante unos segundos el tiempo pareció detenerse.
Su vestido era sencillamente inolvidable.
Había sido confeccionado en delicada seda marfil y caía con una elegancia natural hasta formar una extensa cola bordada completamente a mano. Miles de pequeñas perlas naturales recorrían el tejido como diminutas gotas de luz, mientras finísimos diamantes engastados entre los bordados capturaban los rayos del