El amanecer llegó silencioso, la luz gris del nuevo día se filtraba lentamente por la ventana del hospital, iluminando la habitación con un tono pálido y frío. Renata había pasado toda la noche despierta. Sentada junto a la cama de su madre. Sus ojos estaban cansados. Su rostro delicado parecía más frágil que nunca. La mujer que dormía en la cama respiraba con dificultad, conectada a máquinas que emitían sonidos constantes. Cada pitido era un recordatorio del tiempo que se estaba agotando. Renata sostenía suavemente su mano. No había llorado en toda la noche. Las lágrimas parecían haberse agotado. Lo único que quedaba era una sensación de vacío. A las ocho de la mañana alguien tocó la puerta. Renata levantó la mirada. —Adelante. La puerta se abrió. Un hombre elegante entró con un maletín negro en la mano. —Señora Renata Mendoza. Renata lo reconoció inmediatamente. Era el abogado de Antonio Vegetti. El hombre inclinó ligeramente la cabeza con formalidad. —Buenos días.
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