El amanecer llegó silencioso, la luz gris del nuevo día se filtraba lentamente por la ventana del hospital, iluminando la habitación con un tono pálido y frío.
Renata había pasado toda la noche despierta. Sentada junto a la cama de su madre. Sus ojos estaban cansados.
Su rostro delicado parecía más frágil que nunca. La mujer que dormía en la cama respiraba con dificultad, conectada a máquinas que emitían sonidos constantes.
Cada pitido era un recordatorio del tiempo que se estaba agotando.