El amanecer llegó sin estruendo. Silencioso. Como si incluso el sol supiera que ese día no era uno cualquiera. La luz comenzó a filtrarse lentamente por las cortinas, dibujando líneas doradas sobre el suelo pulido de la habitación. Renata ya estaba despierta, de pie, frente al espejo, estaba inmóvil, pero no por duda, sino por contemplación. La mujer que la observaba desde el reflejo, no era la misma de la noche anterior, anoche había sido una hermana, una mujer quebrada por preguntas, atrapada entre recuerdos, dolor y miedo, pero esa mañana, era otra. Sus ojos azules, antes cargados de incertidumbre, ahora estaban firmes, claros, decididos, había algo en su mirada que no titubeaba, algo que no pedía permiso. Renata levantó levemente el mentón, observándose con detenimiento, como si se reconociera. Como si finalmente aceptara lo que siempre había sido. Una abogada. No solo por título, no solo por estudios, sino por convicción, por esencia, su cabello estaba recogido en una coleta
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