El amanecer llegó sin estruendo. Silencioso. Como si incluso el sol supiera que ese día no era uno cualquiera. La luz comenzó a filtrarse lentamente por las cortinas, dibujando líneas doradas sobre el suelo pulido de la habitación. Renata ya estaba despierta, de pie, frente al espejo, estaba inmóvil, pero no por duda, sino por contemplación.
La mujer que la observaba desde el reflejo, no era la misma de la noche anterior, anoche había sido una hermana, una mujer quebrada por preguntas, atrapad