La respiración de Renata era suave, profunda, tranquila, ahora mismo totalmente ajena al mundo exterior Sebastian la observó en silencio, desde el borde de la cama, su mirada, por primera vez en mucho tiempo… no era fría, no era distante, era distinta, había algo en ella, algo que no encajaba con el hombre calculador que todos conocían, sus ojos verdes recorrieron el rostro de su esposa, deteniéndose en cada detalle en la forma en que su cabello caía sobre la almohada. En el leve movimiento de sus labios al respirar, en la calma que transmitía después de todo lo que había pasado su mano se elevó apenas rozó con suavidad un mechón de su cabello, acomodándolo detrás de su oreja, con un cuidado que contrastaba con la intensidad que había mostrado minutos antes. —Duerme — Murmuró en voz baja, como si no quisiera romper ese momento, como si, por un instante, no quisiera ser quien era, pero ese instante terminó, siempre terminaba Sebastian se puso de pie, se vistió con movimientos preciso
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