No dijo nada, solo se me quedó mirando fijamente, esperando a que siguiera hablando.— Perdí a mi mujer, Nara, y a mi hija mayor, Estela, en un accidente hace dos años — confesé, y el dolor de hablar de ello ahora se sentía distinto, más superado —. Estaba muerto por dentro. Tenía a Laura, mi hija de cuatro años, pero era incapaz de estar por ella. Era como un fantasma en mi propia casa, hundido en la culpa y el luto. Y entonces llegó Mariana.Sonreí levemente, recordando el primer día.— Llegó como un huracán. Descarada, cabezota, plantándome cara y sin achantarse ante mis borderías. Consiguió que Laura volviera a sonreír y me hizo ver que yo aún podía seguir viviendo. Mariana me salvó, señor Silva. Me dio una nueva razón para salir adelante. Y casi la pierdo ayer por culpa de la gentuza de mi propia familia.Estaba atacado. Quería que entendiera que yo no era el malo de la película que sugería mi apellido. Arnaldo soltó un largo suspiro, como si soltara años de cansancio acumulado,
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