La tarde iba cayendo, tiñendo el cielo de unos tonos naranjas y morados que se reflejaban en la piscina de la mansión. Yo estaba sentada en el porche, acomodada en un sillón comodísimo con un montón de cojines para no forzar los puntos. Mi padre estaba a mi lado, contemplando el jardín con una tranquilidad que todavía me emocionaba, mientras Fátima andaba cerca, ojo avizor como siempre.
Cerca de nosotros, en el suelo del porche, Laura estaba superconcentrada intentando montar un puzle gigante.