Cap.
No dijo nada, solo se me quedó mirando fijamente, esperando a que siguiera hablando.
— Perdí a mi mujer, Nara, y a mi hija mayor, Estela, en un accidente hace dos años — confesé, y el dolor de hablar de ello ahora se sentía distinto, más superado —. Estaba muerto por dentro. Tenía a Laura, mi hija de cuatro años, pero era incapaz de estar por ella. Era como un fantasma en mi propia casa, hundido en la culpa y el luto. Y entonces llegó Mariana.
Sonreí levemente, recordando el primer día.
— Llegó