Me quedé allí por minutos, horas, no lo sé.Apenas observando o subir e descer de seu peito.De repente, soltó un suspiro largo, e sus párpados temblaron antes de abrir los ojos despacio.La confusión inicial dio paso a un reconocimiento dulce cuando se centró en mí.— Tú… por fin has venido —dijo, con la voz en un susurro ronco.— Nunca habría dejado de buscarte, Mariana. Jamás. Habría removido cielo y tierra hasta encontrarte —respondí, luchando para que no me fallara la voz.Me incliné e le di un beso en la frente.— Perdóname, te fallé, fallé con tu seguridad. Te secuestraron e te pegaron un tiro por mi culpa... Debí haberte protegido melhor.Mariana suspiró, haciendo una pequeña mueca de dolor, e se llevó la mano libre, con esfuerzo, a mi cara.Su tacto era como un bálsamo.— No te disculpes, por favor... Viniste a por mí. Si no hubieras llegado con toda esa furia, Roberto e yo no habríamos tenido el hueco para hacer lo que hicimos. Tú fuiste nuestro salvador.Tragué saliva, suje
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