Cap.

El hombre al que mi padre intentó destruir estaba llorando en el hombro de la mujer que me salvó de mi propia oscuridad.

—Lo siento, papá... quería haber ido a buscarte... quería estar allí en la puerta —sollozaba Mariana contra su pecho.

—Tú estabas allí, Mariana —Arnaldo se alejó solo lo justo para mirarla a los ojos, secándole las lágrimas de la cara con los pulgares—. En cada papel que moviste, en cada registro que descubriste... tú fuiste quien abrió esa puerta para mí mucho antes de hoy.

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