El peso del silencio dentro de aquel coche era casi insoportable. Miraba a la carretera, pero mis ojos no veían el asfalto; yo solo veía la cara de Mariana. Cada segundo que pasaba sin noticias era una puñalada lenta en mi pecho. Ya había perdido a Nara, enterrado una parte de mí en aquel asfalto mojado años atrás. Y ahora, con Mariana, no sabía si sería capaz de aguantar todo este calvario de nuevo. De repente, noté una vibración en el bolsillo del pantalón. El corazón me dio un vuelco y saqué