Me quedé allí por minutos, horas, no lo sé.
Apenas observando o subir e descer de seu peito.
De repente, soltó un suspiro largo, e sus párpados temblaron antes de abrir los ojos despacio.
La confusión inicial dio paso a un reconocimiento dulce cuando se centró en mí.
— Tú… por fin has venido —dijo, con la voz en un susurro ronco.
— Nunca habría dejado de buscarte, Mariana. Jamás. Habría removido cielo y tierra hasta encontrarte —respondí, luchando para que no me fallara la voz.
Me incliné e le