Cap.

Caminaba de un lado para otro en la sala de espera privada, pero as paredes de cristal parecían estar cerrándose sobre mí. Roberto estaba en un rincón, con la cabeza entre las manos y los hombros sacudidos por un llanto silencioso que yo no tenía fuerzas para consolar. Apenas podía procesar mi propia existencia, como para encargarme del dolor de mi hermano. Cada vez que la puerta doble del quirófano se abría, el cuerpo se me ponía en estado de shock, los pulmones se me bloqueaban y el corazón m
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