Mundo de ficçãoIniciar sessãoMadre mía.
El cuarto me parecía sacado de un catálogo. Todo en tonos claros, acogedor, elegante… La cama era tan mullida que estaba segura de que me iba a hundir en ella y no saldría jamás.
Las paredes tenían una iluminación indirecta, suave, que lo hacía todo superagradable. En la mesita de noche había una lámpara minimalista, muy fina, con un jarrón de flores blancas frescas al lado. ¿Y el armario? Del tamaño de mi antigua habitación entera. Ni siquiera pude disimular.
— Yo… guau… —murmuré—. Es precioso. Demasiado bonito.
Carla sonrió, satisfecha.
— Me alegra que te guste. Ponte cómoda, ¿vale? Laura debería estar al caer.
Asentí, intentando mantener la calma, pero mi corazón estaba haciendo zumba dentro de mí. Carla se fue y yo me senté en la cama… hundiéndome exactamente como había imaginado. Se me pusieron hasta los pelos de punta. Era demasiado suave. Nunca había tenido un cuarto para mí sola así. Jamás.
A las tres en punto oí un coche llegar. Me levanté por patas y fui hacia la puerta. Laura se bajó del coche despacito, con la mochila a cuestas y la cabeza gacha… Parecía un pajarillo mojado. Tenía la carita seria, triste, y aquello me dio un pellizco en el corazón.
— Laura. —La llamó Carla.
La niña levantó la vista y me vio por primera vez. Su mirada se endureció al instante.
— ¿Ya has buscado a otra? —preguntó, arrastrando las palabras con esa voz dulce de niña, pero con una frialdad que ningún crío debería tener.
Carla asintió.
— Laura, esta es Mariana. Mariana, esta es Laura.
— Hola, Laura —dije con mi mejor sonrisa.
Ella me saludó educadamente con la cabeza… y entonces soltó:
— No la quiero.
Casi me río. Casi. Pero mantuve el tipo. Carla soltó un suspiro de agotamiento, probablemente acostumbrada.
— Pues vas a tener que aguantarte con Mariana, sí o sí.
Laura não respondió. Se dio media vuelta y entró en casa, toda pequeñita y con un morro que le llegaba al suelo. Carla me hizo una seña para que la siguiera. Subimos a su cuarto, ese lila tan bonito. Laura se quedó allí plantada, mirándome con desconfianza, como un gato esquivo.
— Mariana es muy divertida —dijo Carla, en plan "dale una oportunidad".
Laura me escaneó como si estuviera valorando si mordía o no. Carla me puso la mano en el hombro.
— Puedes actuar como quieras, Mariana. Tienes carta blanca.
Estupendo. Si asustaba a la niña sin querer, la culpa sería mía. Respiré hondo y me agaché un poco para ponerme a su altura.
— ¿Quieres que te ayude con el baño?
Solo asintió. Ni un sonido. Un robotito triste.
Entré con ella al baño y la ayudé. Era tan callada que me dolía el alma. Le lavé y le sequé el pelito oscuro y liso, le puse la ropa que me señaló y luego me senté detrás de ella para peinarla y dejarla bien guapa.
— ¿Y qué tal el cole hoy? —intenté sacar tema.
Laura me miró solo un segundo con una expresión que decía claramente "no quiero hablar de eso".
— Con permiso… quiero leer un poco —murmuró, demasiado formal para su edad.
Seis años. SEIS. Suspiré.
— Vale. Luego te aviso cuando llegue el profesor de piano, ¿vale?
Asintió y se metió en la cama con un libro. Al salir, Carla estaba en el pasillo de brazos cruzados.
— Lo has hecho muy bien —dijo—. Ella es así. Cualquier cosa, me llamas.
Asentí, todavía insegura, como si acabara de pasar un examen. Carla me sonrió levemente y se fue. Y yo me quedé allí… respirando hondo, intentando creerme que de verdad podía con este nuevo mundo. Porque ahora… solo estábamos esa niña y yo, igual de cerrada que su padre.
El profesor de piano llegó puntual a las cuatro, con su maletín de cuero haciendo toc toc contra su pierna al andar. Era un hombre serio pero simpático. Me saludó con una sonrisa educada y yo le devolví el gesto, o lo intenté, porque por dentro seguía de los nervios.
— Voy a llamar a Laura —avisé, subiendo las escaleras.
Nada más llegar al pasillo, vi que la puerta de su cuarto estaba solo entornada. Y ahí abajo… algo no cuadraba. Había un hueco mayor de lo normal… y se veía algo de colores asomando discretamente. Me acerqué y, al agacharme, vi perfectamente lo que era: de esas cebolletas pequeñas que explotan cuando las pisas. Había varias alineadas, como una trampa de dibujos animados.
Me mordí el labio para no reírme. Ah, esta renacuaja pensaba que me iba a pillar por sorpresa. Qué monada. Respiré hondo, agarré el pomo… y sonreí de lado.
Abrí la puerta de golpe, como quien quita una tirita, y salté hacia delante. Di un brinco exagerado, pero lo importante: no pisé nada. Me planté en medio del cuarto y miré a Laura. Estaba de pie con un libro, con los ojos como platos durante un segundo. Solo un segundo. Porque justo después, como siempre, su expresión se volvió a cerrar: dura, seria… casi desafiante.
Me apoyé en las rodillas y me incliné hacia ella.
— No lo sabías, pero yo era la reina de las bromas cuando era pequeña —susurré con sonrisa de cómplice.
Sus ojitos brillaron. Fue solo un destello, pero lo vi. Por un instante pareció que iba a sonreír, o a decir algo, o cualquier cosa que demostrara que no era tan de hielo. Pero no. Giró la cara y empezó a caminar hacia la puerta.
Vale, pequeñaja. Vamos a jugar entonces.
— Oye, Laura..







