Cap.7

Cerré los ojos despacio, contando hasta tres. Intentando no perder el poco de calma que me quedaba.

Al abrirlos, Laura estaba allí plantada, tapándose la boca con las manos, en shock. Y la mujer, Mariana, me miraba como si acabara de regar a un tigre hambriento por error. La manguera seguía soltando agua al suelo, creando un charco entre nosotros.

El silencio duró apenas medio segundo.

— ¿Pero qué narices está pasando aquí? —mi voz sonó baja, dura, lo bastante fría como para hacer temblar a cualquier adulto.

Laura se quedó petrificada. Mariana reaccionó rápido, cerró el grifo de la manguera y dio un paso hacia delante.

— Señor, lo siento muchísimo, no he visto que usted est—

— Basta —la corté, sin levantar la voz, pero con la firmeza suficiente para dejarla clavada en el sitio.

Se detuvo al instante. La observé de arriba abajo: la cara roja de tanto correr, la camiseta pegada al cuerpo, el pelo hecho un desastre y la respiración acelerada. Una presencia que no pegaba ni con cola en mi casa, ni en mi entorno, ni en mi rutina.

— Recoge tus cosas y lárgate de mi casa —sentencié directo, sin perder el tiempo.

Ella parpadeó, como si la frase no tuviera sentido.

— Solo ha sido un poco de agua —dijo, arqueando una ceja, como si estuviera hablando con alguien de su mismo nivel.

Ahí se me acabó la paciencia.

— Cállate la boca —tuve que repetir, más tajante todavía.

Sus cejas subieron un poco más y vi un destello de desafío en sus ojos; supe entonces que esa mujer era de las que no se callan ni una. Iba a replicar, lo sabía.

Pero antes de que soltara una palabra... un llanto bajito cortó el aire.

Era Laura. Me giré inmediatamente cuando la vi correr directa hacia Mariana, agarrándose a sus piernas como se aferraría a alguien que le importara de verdad.

— ¡No puede ilse! —lloró Laura, con la voz entrecortada por los sollozos mientras escondia la cara en la ropa mojada de la niñera.

Y yo, simplemente... me bloqueé. Mi hija, llorando. Suplicando por alguien. Laura nunca había hecho algo así. Nunca había pedido por ninguna niñera ni le había importado nadie lo suficiente. Y ahora estaba allí, pegada a esa mujer pelirroja como si fuera parte de ella.

Miré a Mariana e inmediatamente después a mi hija, sintiendo algo extraño que no sabía ni cómo llamar. ¿Cómo era posible que, en menos de dos días, esta desconocida hubiera conseguido lo que yo no lograba desde el accidente? Hacer que Laura... riera, corriera, jugara.

Por un maldito segundo, me quedé sin reacción. Sin respuesta. Sin una sola palabra fría para llenar el silencio. Y yo... odio quedarme sin palabras.


(Perspectiva de Mariana)

Cuando oí su voz, gélida, profunda y cabreada... se me dio la vuelta el estómago. Levanté la vista y, joder... El tío era alto y guapo. Guapo de ese modo arrogante y peligroso; el tipo de hombre que parece que ha nacido sabiendo que el mundo es suyo. Espaldas anchas, gesto duro, mandíbula tensa, ojos entrecerrados... y calado. Calado por mi culpa.

Y hablando de culpas... la forma en que me estaba mirando daba miedo, parecía capaz de fulminar a cualquiera. Lástima que yo no sea de las que se achantan fácilmente.

Solo había un problema: que me despidieran allí mismo, de esa forma, con su hija pegada a mis piernas... no iba a quedar muy bien. Y encima yo trabajaba EN SU EMPRESA. Estaba claro que eso iba a salir tarde o temprano. Y madre mía, de verdad que no quería ser la empleada que duchó al jefe con una manguera.

Laura seguía aferrada a mí, sollozando tan fuerte que casi rompía aquel silencio tan tenso. ¿Estaba... llorando por mí? Eso todavía me tenía un poco en shock. Dos días. Solo habían pasado dos días.

Al principio solo fue para distraerla, iba a regar las plantas. Pero la niña me apuntó con la manguera y me pegó un baño en toda regla. Intenté quitársela y, cuando lo conseguí, como venganza de buen rollo, empecé a mojarla yo a ella. Laura corrió por el jardín riendo, gritando, retándome.

Y ahora... todo se iba al traste por un chorreón de agua a la persona equivocada.

Entonces Laura levantó su carita mojada y roja, y miró a su padre con los ojos llenos de lágrimas.

— Papá... deja que Mali se quede... —sollozó.

Mali. Me llamó Mali, y sentí algo raro en el pecho.

Rodrigo se pasó la mano por la cara, agotado, furioso... un huracán a punto de estallar.

— Mariana no tiene ninguna cualificación para cuidarte. Voy a contratar a otra persona.

Casi pongo los ojos en blanco. Casi. Porque aún quería conservar mi empleo. Pero Laura... a Laura le dio exactamente igual lo que dijo.

— ¡Siempre me dejas sola! —lloró, agarrando mis piernas con fuerza—. ¡Mali es buena! ¡Quiero a Mali!

Y entonces, soltó la bomba:

— ¡Eres un pesado!

Se me abrieron los ojos como platos.

— ¡Laura! —me agaché rápido, sujetándole la cara con las dos manos—. Oye... nunca debes llamar eso a tu padre.

Lloraba tanto que le temblaba el labio.

— ¡Pero es que lo es! —susurró—. No quiere que te quedes...

Suspiré hondo. Me dolió. Pero mantuve la mirada en la suya.

— Tu padre solo quiere lo mejor para ti, cielo. Aunque a veces parezca lo contrario y te enfades, no puedes faltarle al respeto así. No puedes llamarle pesado. ¿Entendido?

Parpadeó un par de veces, con el puchero asomando en su cara mojada, y asintió despacio.

— Pero no quelo que te vayas...

Eso casi me termina de desmontar. Laura se giró, todavía sorbiendo por la nariz, y caminó hacia su padre estirándole los bracitos. Rodrigo dudó solo un segundo, pero la cogió en brazos. Entonces Laura le agarró la cara con sus manos pequeñas, mojadas y desesperadas, y le suplicó:

— Por favor... deja que Mali se quede...

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App