Mundo ficciónIniciar sesiónSe detuvo, sin girarse del todo. Solo asomó la cabeza por encima del hombro.
—¿Qué pasa?
Señalé al suelo.
—Habrá que recoger esto, ¿no? Es lo que toca.
Parpadeó dos veces, como si acabara de pedirle que me resolviera una ecuación de física cuántica. Se le quedó una cara de sorpresa de lo más graciosa, pero no rechistó. Sacó una cajita de cebolletas del cajón —así que ya venía preparada la lista— y se agachó junto a la puerta.
Me puse a su altura y la ayudé a recogerlas todas con cuidado.
—Esta ha sido buena —comenté, metiendo un par en la caja—. Si llega a ser otra persona, se pega el susto de su vida.
Laura levantó la vista despacio, por debajo de las pestañas. Una mirada que preguntaba sin hablar: ¿Cómo me has ganado? Pero no dijo ni mu.
Yo sonreí. Una sonrisa tranquila, amable, sin vacilarla.
—Venga, que el profe ya está aquí.
Cerró la cajita, se levantó y se fue caminando… pero esta vez no parecía tan fría. Había algo. Una grietecilla en esos muros suyos.
Al bajar, Laura se acercó al piano como si fuera a un trono, o a un ring, no sé, y el profesor la saludó con esa calma infinita que solo tienen los músicos. Yo me quedé un poco atrás, calladita, intentando entender cuál era mi papel ahí exactamente.
—Buenas tardes, Laura —dijo él, sonriendo.
Ella respondió con un leve gesto de cabeza.
—Y tú debes de ser Mariana. Encantado. —Me saludó a mí.
—Igualmente —respondí devolviéndole la sonrisa.
Laura se sentó en el banqueta, se puso recta con una postura impecable que yo jamás tuve a los seis años y puso las manos sobre las teclas. El profesor se sentó a su lado y abrió la partitura.
En cuanto sonó la primera nota, se me pusieron los pelos de punta. Era… precioso. Aunque fuera algo sencillo de niños. Siempre me ha gustado el piano, pero no he tocado uno en mi vida. Ver esas manitas moviéndose así me dio mucho calorcito por dentro.
Laura era increíble. Concentrada, decidida, totalmente metida en el papel. El profesor la iba guiando:
—Aquí, Laura… eso es… ahora cambia a esta nota.
Pero ella nada. Siguió aporreando la misma tecla, erre que erre, con una cabezonería que se le notaba hasta en las orejas.
—Laura —insistió el profesor, aún más dulce—, esa nota no toca ahora. Cambia a…
Ni caso. La criatura pasó de él. Siguió con el mismo "plim", como si quisiera demostrar algo.
Suspiré. Era la típica rabieta de alguien que está muy acostumbrado a salirse con la suya. Me acerqué despacio y apoyé la mano en el respaldo del banqueta.
—Laura —mi voz sonó firme, pero sin ser borde—. Haz caso al profesor.
Ni parpadeó. Seguía dándole a la dichosa nota. Entonces me agaché un poco, pegándome a su oído.
—Nunca había escuchado a nadie tocar el piano de verdad —confesé bajito, con ese tono que hace que los niños te presten atención—. Y me estaba pareciendo tan bonito…
Se detuvo. Sus dedos se quedaron en el aire y me miró de frente, como intentando descifrarme. Me sostuvo la mirada tres segundos seguidos. Luego miró al profesor y, por fin, soltó la nota equivocada.
El profesor soltó un suspiro de alivio de los que se dan cuando estás muy agradecido y me lanzó una mirada rápida de "gracias". Yo le respondí con una sonrisilla de "no ha sido nada".
Siguió con la clase y esta vez Laura lo hizo de lujo, con los deditos volando por las teclas y llenando el salón con esa melodía suave.
A la hora de la cena, ayudé a Laura a arreglarse y la llevé a esa mesa enorme; parecía el decorado de una serie de ricos. Le puse el plato delante y me quedé allí un momento, mirando todo aquello… tan perfecto y tan vacío a la vez.
Laura miró fijamente el sitio de la cabecera, que seguro que era el de su padre. Luego me miró a mí.
—¿Mi padre sigue de viaje? —preguntó bajito.
Tenía un tono de tristeza que… joder. Me dolió hasta a mí.
Asentí despacio.
—Vuelve el viernes, ¿vale? —dije con suavidad, intentando que no se me notara la pena.
Ella solo ladeó la cabeza y empezó a comer en el silencio más absoluto. Cada bocado parecía que le costaba un mundo, como si la comida supiera a soledad. Yo me quedé allí detrás, con ganas de decirle mil cosas pero sin saber cómo.
¿Y yo? Yo estaba muerta de hambre. Me rugían las tripas que daba gusto.
Cuando terminó, le pregunté:
—¿Quieres subir?
—Voy a ver la tele un rato —respondió, yendo hacia el salón.
La acompañé para vigilar que estuviera bien. Le puse los dibujos que tiene permitidos y se sentó ahí, toda pequeñita en ese sofá gigante. Luego me fui a la cocina casi corriendo.
—Buenas noches, Eliete —dije dejándome caer en la silla.
Ella se rió y me sirvió el plato. Di el primer bocado y casi lloro de la emoción. Qué rico estaba todo.
En la encimera, el iPad mostraba la cámara del salón. Allí estaba Laura, quietecita, pareciendo incluso más pequeña de lo que era. Eliete se puso un trapo al hombro y me miró.
—Creo que tú vas a durar aquí.
Levanté las manos al cielo.
—¡Aleluya! Ojalá, Dios te oiga.
Ella se rió.
—Cuando termines, mete los platos al lavavajillas, ¿vale? Me voy ya.
Fruncí el ceño.
—¿Tú no te quedas a dormir?
—Solo la niñera —respondió cogiendo el bolso.
—Ah… vale. ¡Buenas noches!
—Buenas noches, maja.
Se fue y yo seguí comiendo. Pero al volver a mirar el iPad… ni rastro de Laura. El salón estaba vacío.
Me dio un vuelco el corazón. Me levanté disparada para ir a buscarla, cuando vi un flequillo oscuro y dos ojitos asomando por la esquina de la pared. Me aguanté la risa. Parecía un fantasmita confundido.
—Oye… ven aquí —llamé bajito, sonriendo.
Ella dio un paso atrás.
—Mi padre no me deja —dijo casi en un susurro.
—Pues entonces será nuestro secreto —respondí guiñándole un ojo.
Se quedó cinco segundos quieta como una estatua. Luego se acercó despacio, como si entrara en una habitación prohibida. Al final se sentó a mi lado en la mesa pequeña, con las piernecitas colgando.
—¿Quieres zumo? —le pregunté.
Asentió sin mirarme a la cara. Le serví un poco y se lo puse delante.
Se había quedado un silencio cómodo, pero lo cortó el tono de mi móvil. Me quedé helada al ver el número; reconocí el prefijo al instante…
Prisión Estatal de Solmare.
Se me cayó el alma a los pies y me empezaron a sudar las manos de golpe. Laura me miró con curiosidad, dejando de mover las piernas. Me observaba con unos ojos demasiado atentos para alguien tan pequeño.
Tragué saliva.
—¿No vas a responder? —preguntó bajito.
Me dio un vuelco el pecho. Bloqueé la pantalla rápido para que no viera nada y aparté el móvil boca abajo como si quemara.
—Es… es publicidad —mentí con una sonrisa forzada.
Si el Sr. Ferreira o los de la empresa se enteraban de algo, estaba acabada. El contrato de niñera era estricto, y el de la empresa más todavía: "Sin antecedentes penales en la familia directa". Era la norma.
Mi padre no me había reconocido legalmente, su nombre nunca estuvo en mis papeles. Y eso, irónicamente, era lo único por lo que yo estaba allí. Pero era la única familia que tenía, aunque estuviera encerrado por un crimen que no cometió y abandonado por todo el mundo.
El teléfono vibró otra vez sobre la mesa. Se me encogió el pecho; parecía que la vibración me retumbaba en las costillas. Toqué la pantalla, colgué de nuevo y respiré hondo. Algo iba mal. Él nunca llamaba dos veces seguidas. Sentí un escalofrío por toda la espalda.
—¿Estás bien? —preguntó Laura, que hasta me sorprendió que se preocupara.
Forcé una sonrisa.
—Claro que sí. Solo… que tengo que solucionar unas cosas luego.
Pero tenía el corazón a mil, era imposible ignorarlo. El móvil vibró otra vez, esta vez con un mensaje. Miré de reojo. Solo tres palabras que me dejaron sin aire:
"Es urgente. Responde".
Me puse a temblar entera. Después de acostar a Laura, intenté devolver la llamada, pero no hubo manera de que me lo cogieran, y eso me dejó todavía más atacada.







