En el trono secundario, a la izquierda del gran asiento de mármol negro donde reposaba su padre, Elyra mantenía la compostura propia de una dama real, el mentón elevado con altivez innata, la espalda erguida como dictaban los modales que la reina madre le había inculcado desde la cuna, pero sus ojos —fríos como el hielo del norte— no se posaban en los peticionarios ni en los escribas que leían los cargos y súplicas de la gente del reino, no, esos ojos estaban ausentes, vagaban por un mundo invisible en el que sólo había espacio para una sola presencia, y esa era la de Vaedrik, el hijo ilegítimo, el bastardo legitimado, el príncipe maldito, su sombra y su reflejo, su castigo y su delirio, el fuego que la quemaba en silencio sin que nadie lo supiera.No era que Elyra careciera de amor por su pueblo, ni que ignorara la importancia de los deberes reales, pero su mente, su espíritu, todo su ser se encontraba eclipsado por la incertidumbre, por el misterio de su ausencia, y en lo profundo d
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