Melani Fernández —Ya se te está volviendo costumbre entrar sin tocar. ¿Acaso no te enseñaron? —esperé la respuesta de Aras sin quitar la vista de la computadora. Pero, en su lugar, hubo un silencio denso y un aroma diferente; uno que reconocí al instante y que me provocó un escalofrío involuntario.—Hola, Mel... —su voz hizo que mis dedos se detuvieran en seco sobre el teclado. Levanté la mirada solo para encontrarme con esos ojos azul profundo que alguna vez decidí conquistar.—Eres... tú —mi voz sonó más temblorosa de lo que esperaba.—Sí, soy yo —respondió él, acercándose al escritorio con esa parsimonia aristocrática. Por instinto, giré la cabeza hacia la oficina de Aras, buscando una salida o una presencia, pero él no estaba allí.—¿Qué haces aquí? —me volví hacia Diego, cruzando nuestras miradas por un segundo. Él se quedó observando el lugar hacia donde yo había volteado y, en el fondo de sus ojos, creí ver una chispa de furia contenida.—Quería saludar a la socia de mi.
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