Cerré la puerta tras de mí y el sonido del pestillo encajando me recordó que acababa de dejar fuera siglos de tradición. El apartamento de Melani olía a ella: una mezcla de café, libros y ese perfume que me había perseguido todas las noches. En la penumbra del salón, ella se movía con una libertad que me resultaba fascinante y, al mismo tiempo, aterradora.
Se quitó los zapatos con una naturalidad que me dejó sin aliento. Ninguna mujer en mi mundo se mostraría tan vulnerable y, a la vez, tan d