El sonido de la cerradura electrónica al encajarse fue como el disparo de salida. Aras no esperó a que nadie hablara. Se movió con la agilidad de un depredador que retoma su territorio, pero al girarse hacia la mesa de centro, se detuvo en seco. Sus ojos se clavaron en el desorden de mapas de Bakú, los esquemas del Corredor Medio y los perfiles de contratistas japoneses en Kazajistán. Melani sintió un frío súbito. Había olvidado recoger la evidencia de sus planes. Antes de que Diego pudiera dar un paso más, Aras se adelantó. Con un movimiento brusco y posesivo, barrió los documentos, apilándolos y dándoles la vuelta sobre la mesa. Su mirada se cruzó con la de Melani; no era solo celos, era una extrañeza absoluta. Había visto nombres y logotipos que no deberían estar ahí. Diego, sin embargo, ya lo había captado. Su mente, entrenada en la frialdad de la aristocracia de los negocios, leyó entre líneas. Una chispa de sospecha brilló en sus ojos: Melani no estaba derrotada, estaba
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