Bajo las luces tenues del exterior, la estampa de la novia era una provocación andante. Sinan, Emre y Burak no pudieron evitar detenerse un segundo a contemplarla, fascinados por la fuerza magnética que emanaba. Al notar el destello de admiración excesiva en los ojos de sus allegados, la mandíbula de Aras se tensó con un reflejo de posesividad pura. Sin mediar palabra, abrió la puerta de su propio coche, hizo subir a Melani con un gesto firme y, antes de que el resto pudiera siquiera acercarse, lanzó una orden seca: —Quédense aquí. Los hombres se quedaron plantados en el jardín, viendo cómo el vehículo del patriarca arrancaba de inmediato, dejándolos atrás. Ante la imposibilidad de seguirlos, Yusuf, Sinan, Emre y Burak optaron por subir a la amplia terraza superior de la mansión, un mirador privilegiado que dominaba los jardines y ofrecía una panorámica infinita de un Estambul iluminado por la noche. Abajo, la señora Fatma dio por terminada la ceremonia con un gesto rígid
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