Las manecillas del reloj avanzaron con una insistencia implacable, consumiendo dos semanas de tregua en las que Estambul pareció contener la respiración. En el hospital, la mejoría de Lale progresaba despacio pero con pasos firmes. Sin embargo, fuera de las paredes clínicas, el verdadero campo de batalla se había trasladado a los despachos privados y a los salones blindados de la mansión Köksal.
Con el despertar de Lale, la condición tácita de Aras y Melani había dejado de ser un pendiente: