El servicio de la cena transcurrió bajo una superficie de falsa y tensa calma. Cuando los camareros retiraron los aperitivos y comenzaron a destapar los platos principales, el contraste en la mesa era evidente.
No había rastro de la gastronomía otomana. Delia había supervisado personalmente un menú occidental: un impecable Filet Mignon bañado en una reducción de vino tinto y frutos rojos, acompañado de un delicado puré de patatas trufado. Todo en la mesa respiraba sofisticación europea, mod